Luchando contra un espejismo – Daniel Lee Moratto

En esta oportunidad me obliga a escribir un terrible desasosiego que me embarga,  el mismo tiene lugar en las siguientes consideraciones.

Llevamos más de cien días de lucha continua sobre el asfalto de las principales vías de toda la geografía nacional; en estos tres meses de lucha y de resistencia la sociedad se ha atrincherado en dos bandos entre los cuales ya venía demarcándose una brecha irreconciliable: sociedad civil y gobierno.

Separar al gobierno de la sociedad civil puede sonar escandaloso, sin embargo, deja de serlo al contextualizarlo dentro la realidad país venezolana; donde se han perfilado dos cantones, aquel conformado por los que se ocultan tras una gran masa amorfa roja que se denomina ‘Gobierno de pueblo’ y los civiles víctimas de los atropellos de esa cúpula dominante, los cuales han fraguado un auto-concepto como ‘sociedad civil en resistencia’.

Vivimos tiempos de histeria colectiva, donde brotan histrionismos patrióticos y tricolores por doquier. Donde la figura de Bolívar se encarna en cada esquina, entre los decretos de guerra a muerte que emanan de los civiles encapuchados en contra de las mal llamadas fuerzas del orden, junto al grito lleno de brío de Páez de “vuelvan caras” cada vez que los manifestantes huyen despavoridos de las hordas del terror de verde olivo.

Una reminiscencia de las Madres de la Plaza de Mayo se amontona en Altamira y llenan de bendiciones, ánimo y coraje a los millares de jóvenes que marchan tan solo protegido con un escudo de MDF hacia una muerte más que segura. Se les alaba, se les rinde homenaje, se nos brota a flor de piel el culto al héroe que llevamos todos los venezolanos por dentro. Sin embargo, no es más que una hipocresía indolente ya que nadie acompaña a esos muchachos cuando se les desprende el alma del cuerpo en medio de ese campo de batalla tan cruel y desigual, nadie acompaña a esos jóvenes cuando se ven embargados por la desesperación y la incertidumbre al ser detenidos por aquellos demonios de verde.

Como colectivo social, entregamos en sacrifico a la nueva patria venidera, las almas de estos pobres jóvenes, muchas veces descalzos pero llenos de sueños, como tributo por un futuro incierto.

Más de un centenar de jóvenes han perecido en esta guerra de desgaste contra aquellos que han hecho de nuestra nación el octavo círculo del infierno dantesco, poblado por los peores demonios: Narcotraficantes, guerrilleros, terroristas, contrabandistas y delincuentes de toda calaña.

Salimos a diario a dejar la vida, a sumar un número cada vez mayor de pupitres vacíos, a infligir un gran dolor en innumerables familias, a derramar litros de sangre en un asfalto lleno de huecos en una lucha contra el reflejo de un espejo.Y es que en Venezuela buscamos conjurar el fin de un espejismo. Salimos día tras día buscando detener a quien el poder no ostenta y no tiene.

Nos enfrentamos a un reflejo de poder encarnado por la figura de un estado fallido y autoritario; repudiamos las figuras más abominables de este régimen. Luchamos como si nos enfrentáramos a una dictadura militar o izquierdista latinoamericana cualquiera, cuando en realidad nos encontramos ante el escenario más oscuro posible. Y es que en Venezuela el gobierno no es más que una triste, cruel e ineficaz fachada de unos hilos de poder ilícitos, clandestinos y criminales. El gobierno no es más que un vil servidor, que en su actitud más apátrida, entregó el país a intereses extranjeros que hacen de nuestra amada nación un antro prolifero de delincuencia y perversión.

Los enemigos, los responsables, los culpables de esta desgracia van más allá de aquellos que visten de rojo con unos ojos impresos en el pecho. La cabeza de la serpiente que constriñe a nuestra república radica en aquella comunidad de intereses ilícitos que carteles de narcotraficantes, grupos de guerrilleros colombianos, células fundamentalistas islámicas  y un grupo de traidores a la patria convinieron para lucrarse a cuestas de 30 millones de almas.

No nos quedemos nosotros los venezolanos en lo obvio, en lo redundante, en lo que padecemos a diario. La escasez de todos los rubros, la inseguridad, la anomia, la corrupción, la insalubridad imperante, la miseria avasallante no es nuestra única realidad; existe una razón mayor a esta degeneración económica y moral, y radica en el impero de aquellos grupos delictivos que se reparten el país como si fuera un gran hato personal.

Que la muerte de las 107 jóvenes almas que se inmolaron por un mejor país sean honradas con una participación de la sociedad cada vez más consciente, más comprometida y más valiente. Que este compromiso no recaiga solo en los hombros de aquellos que apenas están dejando de ser adolescentes, sino que sea el peso de una lucha dirigida, concisa, y compartida por todos los que tenemos una cédula de identidad en el bolsillo.

 

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