Desafíos de la democracia venezolana – Daniel Lee Moratto

Es normal que ante la naturaleza de las circunstancias coyunturales que condicionan la cotidianidad a los venezolanos surjan todo tipo de especulaciones. Comúnmente escuchamos en las típicas conversaciones banales de pasillo, o de cola de supermercado, todo tipo de teorías las cuales en la mayoría de los casos abordan temas como: puntualización de las medidas a tomar para rencausar el rumbo socio-económico del país; especulación acerca de quién o quienes ejercen y capitalizan el liderazgo político de la nación; conjeturas acerca de las disputas internas dentro del partido de gobierno; comparación de la calidad de vida bajo el sistema político previo y el actual; la necesidad intrínseca de emigrar y por último la gravedad del nivel de escasez de insumos básicos, lo cual constituye el principal punto de convergencia del pensamiento común.

Sin embargo son muy pocos los que se detienen a contemplar la importancia de la restructuración del sistema democrático y su indispensabilidad para el establecimiento de un estado de derecho e institucional permanente e invulnerable al cambio de las ideologías en la administración de turno.

Si algo es cierto es que la opinión publica esta matizada por el desasosiego y condicionada por la incertidumbre. Como sociedad estamos, sin duda alguna,en el momento más crucial y difícil de nuestra historia contemporánea. En un periodo menor a dos décadas el venezolano común ha sufrido tantos embates por parte de un modelo doctrinario impuesto por una cúpula que ha tergiversado a su conveniencia los esbozos del marxismo clásico en una corriente ideológica denominada “Socialismo del Siglo XXI”; la cual no ha sido otra cosa que una densa niebla de confusión que ha socavado los valores intrínsecos de la sociedad venezolana, corroyendo los principios de la institucionalidad, la observancia de la ley, la gobernabilidad, la transparencia, el libre pensamiento, la representatividad y la participación política.

Por la naturaleza caótica del día a día en el cual transcurren nuestras vidas en la actualidad, la opinión pública tiende a quedarse en lo obvio, en lo redundante, en lo que vemos y padecemos a diario. Parece que se sufre una amnesia colectiva, la gente vive en el aquí y el ahora sin detenerse a reflexionar acerca de cuáles fueron las circunstancias que nos trajeron ante esta realidad tan forzosa y oscura.

No existe un orden lógico bajo el cual fueron desenvolviéndose las cosas, para algunos siempre hemos estado mal, para otros ahora es cuando estamos peor que nunca, pero muy pocos hacen la conexión lógica entre pasado y presente. Y donde no hay una correlación clara entre la causa y el efecto, tampoco puede dilucidarse un futuro conciso y promisorio.

Lo que la sociedad venezolana pasa por alto es que estamos viviendo las consecuencias de un pacto de conciliación política, que si bien es cierto fue el principal garante de la democracia y del desarrollo socio-económico de la nación; así como fue su vientre fue su metástasis que la vida le cegó. No se puede vender el concepto de un sistema democrático como el principal aval de riqueza, desarrollo, y estabilidad; no se puede concertar un pacto de gobernabilidad bajo la premisa de que el estado democrático satisficiera todas las demandas de todos los grupos sociales que hacen vida en la realidad económica, política y social de la nación.

En un momento histórico en el que el mundo se encontraba polarizado entre dos corrientes ideológicas, apostamos por el bando del progreso, del crecimiento sostenido y del afianzamiento de la calidad de vida. En Venezuela se vendió al país la idea de la democracia como el camino hacia la cúspide del éxito y la autorrealización de la sociedad.

En un país que en breve tiempo había pasado de ser un terreno baldío, lleno de desnutrición, enfermedades palúdicas, violencia, pillaje y mortandad a uno donde parecía que la riqueza afloraba por doquier, la sociedad, así como tampoco su elite política, no tuvo el tiempo de asimilar el gran cambio de paradigma que ello implicaba. Las rentas crecían, las divisas abundaban, los inmigrantes que venían a enriquecer nuestras tierras no paraban de llegar; el país se encontraba en plena marcha y cuando sobra el dinero, nadie se queja. Las disputas entre partidos por más fuertes que fueran siempre se solucionaban con recursos, planes sociales, y beneficios gremiales.

El bienestar aparente, el espejismo de estabilidad, la ilusión de riqueza, embelesaron al venezolano; haciéndole ingenuo y arrogante como aquel que se acuesta pobre y amanece rico, por no tildarlo de recién vestido.

El sistema político democrático se vició completamente, llego un punto donde se perdió el objetivo primordial, que era educar políticamente a una sociedad que venía de más de medio siglo de dictaduras autoritarias. El empoderamiento social por medio de la participación en comicios electorales directos, secretos y universales no eran entendidos como el principal garante de la alternabilidad del poder, sino bien como una expresión del voto castigo hacia aquel que no daba todo lo que había prometido.

No se reflexionaba acerca la importancia del sufragio, de la solidez institucionalidad, de la transparencia gubernamental; la democracia simplemente significaba que votar por un partido garantizaba mayor acceso a ciertos recursos o beneficios; las discusiones acerca de los tiempos sombríos que se nos auguraban, si no corregíamos el rumbo, eran vistas como lúgubres hipótesis imposibles, ya que se vivía en una continua algarabía.

Este desinterés de la sociedad por el verdadero afianzamiento de una democracia seria y funcional fue dándole pie a la desviación de los partidos. De un momento a otro estos se distanciaron de sus funciones principales como las de captar y formar el liderazgo social, articular y representar los intereses de sus partidarios y fomentar la participación de las masas en la política, para migrar a constituirse como un club de intereses de una cúpula partidista que se desvinculaba de sus consignas sociales para enfocarse en la continuidad del poder.

Todo ello degeneraba en una desconfiguración de la democracia como un clientelismo político; la gente tan solo pensaba que militar en un partido era el principal mecanismo de ascenso social. Que los favores internos conllevarían a mayores beneficios y que las promesas populistas capitalizarían votos y continuidad en el ejercicio.

Entonces podemos ver como la democracia entendida bajo las premisas populistas fue generando un gran descontento, decepción y desconfianza en el sistema; cuando el mismo al estar sobrecargado de demandas, y contando con menos recursos colapsó. Allí es cuando surgen las culpas, los errores, las incriminaciones y los juicios.

Allí es cuando brotan a flor de piel las brechas entre poderosos y marginados, allí es cuando surgen los liderazgos bajos, que tergiversan la realidad de un modelo de conciliación estancado, que no se supo adecuar a la dinámica del devenir del siglo, como una lucha de clases entre burgueses y proletarios explotados y muertos de hambre. Allí es cuando inicia el comienzo de la debacle roja, con la reinterpretación de la historia, con promesas gallardas de destruir al sistema explotador y revindicar a los marginados, con la promesa de un gobierno de pueblo y de calle.

Todo ello deviene por la simple mal interpretación del concepto intrínseco de la democracia y su desacertada asociación con premisas populistas y bienestar generalizado.

Es completamente falso que democracia implica desarrollo, o que desarrollo implica democracia; ciertamente existe cierta correlación que demuestra que en los países más desarrollados es donde la democracia es más viable, sin embargo no fue la democracia la condición sine qua non que materializó su progreso.

Hoy en día es alarmante y lamentable el hecho de que nuestros políticos tan solo se afinquen en las premisas populistas como la construcción de viviendas, escuelas, hospitales, pensiones y programas sociales, dolarización del salario, entre otras; para capitalizar el respaldo popular.

Es más lamentable aun, que en estas circunstancias en las cuales se nos ha ultrajado la dignidad humana por el simple hecho de tener que mendigarle al Estado el bocado de pan, la opinión pública se limite a tan solo entender y describir a la democracia como la simple antítesis del chavismo. Que entiendan a la democracia como un carrito de mercado repleto de alimento, la garantía de la propiedad privada y una economía antinflacionaria.

Ante siquiera imaginar un cambio de gobierno, debemos preocuparnos por procurar la reconfiguración de la noción de la democracia en nuestra sociedad; creo firmemente que los venezolanos han aprendido a valorar la necesidad intrínseca que tiene la democracia para el libre desenvolvimiento de nuestra vida, participación política y personalidad. El venezolano común de hoy en día sabe mucho más acerca de la democracia que el venezolano común de 1998.

El venezolano en general ya conoce como se estructura un sistema democrático, sabe la importancia de tener instituciones sólidas e independientes; conoce cuál es la función de cada institución que conforma el entretejido del poder político; reconoce que la voluntad del partido no se puede imponer ante la imparcialidad de la justicia y que las figuras gubernamentales deben abocarse a sus labores y no condicionar por medio de influencias y corruptelas el correcto desenvolvimiento de sus funciones.

Esperanzador resulta el hecho de que el venezolano ha internalizado la indispensabilidad de la participación política, de protestar cada vez que sienta que sus derechos le han sido vulnerados y de exigir cada vez que sus demandas no le han sido atendidas. Sin embargo esto no implica que nuestra sociedad esté lista para asumir la reconstrucción de una democracia sólida.

Primero ha de internalizar de una vez por todas que lo que se busca es un gobierno plural, representativo, donde cada voz pueda ser escuchada por medio del debate funcional y conciso; donde los cargos públicos no son una carta blanca al enriquecimiento ilícito sino el compromiso con el desarrollo de la nación; donde las políticas públicas no cambian con el cambio de administración sino que se mantienen y mejoran para la consecución de un mayor nivel de vida; donde como sociedad aceptamos someternos ante el impero de una ley y una justicia imparcial que vele por nuestra libre y sana convivencia; donde el mérito y el empeño es la única fuente de ascenso social reconocida y digna.

En definitiva la democracia ha de ser el sistema que funge de constante que sustenta la estabilidad del país; que su objetivo es cumplir con la garantía de la alternabilidad del ejercicio del poder; que permita el acceso y la participación de los grupos interesados; que promueva el respeto de la voluntad de las mayorías sin desconocer a las minorías; que exhorte la independencia de los poderes y su contraloría reciproca; que asegure la igualdad entre los ciudadanos y el equitativo respeto de sus derechos, intereses y deberes; que el único elemento discriminatorio para la asignación de los cargos sea la consideración de sus méritos, atributos y aptitudes para su desempeño, lejos de todo esbozo de nepotismo.

Se debe entender que una sociedad que no goce de los elementos previamente descritos, no se puede considerar democrática. Que como venezolanos debemos preocuparnos por la implicación e implementación de su concepto y no por los beneficios materiales que de su estabilidad puedan tener lugar.

Sin duda alguna el venezolano es capaz de internalizar el germen democrático dentro de sí, tan solo debe desarticularse de todas las ataduras populistas bajo las cuales se le había inculcado la democracia prerrevolucionaria.

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