Del buen salvaje al buen progresista – Alfredo Cabrera

América ha estado un poco agitada este último año. Antes de eso, si relatáramos la imagen que presenta nuestro continente, seguro no nos creen que los Kirchner no mandan en Argentina, que Dilma fue destituida, que Fujimori perdió -y reconoció- por apenas unas décimas, que Colombia le dijo No al acuerdo y que Ecuador va a segunda vuelta.  Si América tiene un timonel, éste acaba de dar un giro completo hacia la derecha (¿o al centro, más bien?)

El optimismo de muchos va in crescendo mientras más de un politólogo anuncia entre saltos el fin del progresismo. Decretan un nuevo amanecer, donde el infantilismo demagógico de la izquierda -para ellos- no tiene cabida. Es la segunda llegada del liberalismo, el progreso y final del subdesarrollo. Yo no puedo decir que tienen razón, tampoco que se equivocan, pero si tengo una advertencia para este cuento feliz.

Si un evento, podemos aseverar, afectó como un cataclismo a América Latina fue la revolución de octubre y si una ideología se ha arraigado de manera indudable en la conciencia de nuestros pueblos es el marxismo, con todas sus variantes. El surgimiento de los gobiernos progresistas no es ninguna casualidad, ni un fenómeno exclusivo del siglo XXI, desde principios del siglo XX la izquierda ha intentado -con éxito- llegar al poder.

Incluso en el fracaso, la izquierda y centro izquierda latinoamericanas han contado con mucha popularidad y arraigo en nuestras sociedades imberbes. Nada mejor para nuestros cueros secos, siguiendo a Guzmán, que un movimiento popular reivindicador de masas. He aquí mi advertencia: el progresismo es solo una muestra de un proceso muy profundo que lleva siglos en nuestro subconsciente colectivo, la muerte de la izquierda en América Latina no será nunca tan sencilla.

Carlos Rangel, en su obra magna Del buen salvaje al buen revolucionario– lectura obligatoria para quien quiera entender la realidad América Latina- hace un recuento de la historia del marxismo en nuestro continente: el porqué caló tan hondo. Fuimos el caldo de cultivo perfecto de una serie de ideas que sirvieron para compensar lo que el autor llama nuestro fracaso relativo. Fue aquella mitología compensatoria la que abrazamos para no sentirnos mal con nuestros propios problemas.

Pero cuáles eran estos problemas: América – salvo Estados Unidos y Canadá- entró al siglo XX como una plétora de repúblicas que vagamente merecía ese nombre. Caudillos, mandones y monigotes recorrían pampa y montaña haciendo ley su voluntad y muerte su justicia. Atraso, subdesarrollo, corrupción, explotación, oligarquía. Este par de enumeraciones bastan para dar una idea sucinta.

Para entender este punto nos sirve ahondar en qué es el marxismo en sí mismo. El marxismo es una reacción, como tantos otros movimientos, al terremoto político, económico y social que fue la revolución industrial. El mayor cambio en la historia de la humanidad desde la invención de la agricultura no podría dejar a nadie impasible, sobre todo cuando todo lo que conoces, tu medio de vida y subsistencia, se resquebraja ante tus pies.

Es la reacción, teorizada por un alemán acomodado, de aquella masa de artesanos, oficiantes y agremiados que un día fue a su puesto de trabajo y consiguió una máquina. La ideología debía responder a las frustraciones de aquel maestro tejedor que pasó de hacerle paño de oro a la crema en nata social a operar una maquina por cinco chelines semanales.

Como él, miles de personas que vivían del trabajo de sus manos fue remplazada por maquinas que hacían en un día lo que cien de ellos en una semana. Su sociedad, organizada por Dios en estamentos, era ahora un caos a merced de los adinerados, quienes se alzaban como nuevos amos y señores del mundo. Sus reyes estaban muertos y sus señores feudales -con quienes las clases campesinas compartían una relación simbiótica- fueron remplazados por la particularización de las tierras y el culto al dinero.

Aunque suene sesgada esa interpretación, no lo es. Para muchos el mundo era eso, aunque no pretendo ni por un segundo negar el progreso que representó ( y aún representa) el liberalismo. La explosión demográfica, la modernidad, la revolución técnica y científica, la libertad de cultos y de expresión, la movilidad social, la igualdad de oportunidades son todos elementos que trajo a nuestra vida el liberalismo decimonónico y que el capitalismo -el sistema resultante- ha ido puliendo a través de las décadas.

Pero al nuevo mundo donde vales lo que tienes en el bolsillo y eres amo de tu propio destino, donde la forma de hacer y repartir riqueza es distinta y donde todo está y debe ser concebido según su utilidad, no todo el mundo se adaptó bien. Al que un día era un campesino, labriego o siervo al otro despertó no siendo ni siquiera eso. Y a esa nueva clase, descastada y perdida, Eric Hobsbawm les dio solo tres opciones posibles: se adaptaban al nuevo sistema e intentaban crecer hasta ser clase media, se desesperaban y se echaban a morir en sus nuevas vidas carentes de dignidad y sentido o se rebelaban.

Las últimas dos fueron las opciones que predominaron: los que se echaron a morir engrosaron las estadísticas de suicidios y alcoholismo de tal manera que llevaron a que se prohibiera la ingesta de espirituosas en los Estados Unidos (la prohibición). Los que no iban a la clase media o eran víctimas de las ligas de la templanza- organizaciones contra el alcohol- decidían rebelarse contra el orden establecido.

Con un pliego de peticiones empezó en Inglaterra el movimiento por los derechos de esa nueva clase social, que vivía de empujar palancas y operar monstruos de hierro y carbón, iniciando una lucha que no ha parado hasta nuestros días. Entonces llega Marx, que viaja a Londres para ver con sus propios ojos a estas personas, que posteriormente bautizará como el proletariado. Con ademanes proféticos, resume la historia de la humanidad como una confrontación entre oprimidos y opresores, que terminará con una revolución social en la cual el proletariado se impondrá a la burguesía.

Se abolirá entonces la propiedad privada, fuente de toda discordia entre los humanos y nacerá un hombre nuevo, libre de la codicia y el egoísmo del hombre industrial. Uno que siempre tendrá un lugar igual al de todos en la sociedad, en la que no habrá clases ni estamentos. Todos iguales buscando, como diría Baloo, lo más vital no más. Pueden imaginar cómo esta doctrina se hizo atractiva a aquellos desesperados y perdidos, hundidos en la pobreza y descastados por el sistema.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con América, se preguntarán? A eso vamos. Un señor llamado Vladimir Ulianov se hizo ferviente creyente de las tesis de Marx y su compañero, Engels. Empezó a teorizar sobre ese mundo industrial y se dio cuenta que había, bajo este nuevo esquema del dinero, naciones pobres y ricas. Y eso se debía esencialmente, según Vladimir, a que las naciones ricas debían su riqueza a explotar a las naciones pobres, a las que denominaron tercer mundo.

Para él este fenómeno, el Imperialismo europeo, era la fase final del capitalismo y consistía en la explotación indiscriminada y no retribuida de las materias primas del tercer mundo para alimentar la monstruosa maquinaria industrial de las sociedades desarrolladas. Esta idea fue adoptada entonces por los socialistas a nivel mundial -los seguidores del marxismo- como bien lo explica Carlos Rangel, durante su segunda reunión internacional.

Ahora pensemos en uno de estos países del tercer mundo. Este país está muy atrasado frente a la industrialización; sus vías son de tierra, su economía es monoproductora y latifundista, su gobierno está en manos de un caudillo indiferente y entreguista, que se beneficia el solo de repartirle la riqueza nacional a unas compañías extranjeras. Esta era la situación de muchos países americanos a finales del siglo XIX y del siglo XX.

Desde la guerra de independencia, las repúblicas latinoamericanas están sumidas en convulsiones políticas, guerras civiles, golpes de estado, mesías tropicales y montoneras armadas. Esta obra se desarrolla en un escenario de pobreza y miseria sempiterna, de masas de personas palúdicas que vagan rezando por un futuro mejor. Cuando éste era ofrecido por el caudillo que cruzaba el pueblo a caballo, lo seguían.

El caso venezolano sirve perfectamente. La guerra no dejó piedra sobre piedra y lo que pudiera haber quedado lo erradicaron las contiendas civiles y nuestra variopinta colección de revoluciones. Las masas de campesinos que integraron el ejercito patriota no podían volver a cultivar, los que no habían perdido la tierra conservaban una finca muerta y estéril. La republica empezó a reconstruirse entonces con base en latifundios inoperantes, donde los esclavos tomaban el trabajo. Entonces no tuvieron opción más que vagar por el territorio buscando qué pillar para comer, cómo robar para vivir, prestando su violencia al servicio de quien la pidiera.

Cuando fue abolida la esclavitud la situación no mejoró. Los esclavos, ahora hombres libres, eran pagados por sus patrones en fichas que eran intercambiables, en la misma hacienda, por comida y techo. La esclavitud había evolucionado para poder deshacerse de los individuos débiles y antieconómicos y mantener a los productivos tan retenidos como siempre.

Los que no aceptaron esta realidad se unieron a las crecientes masas de soldados, engrosando las bandas de los caudillos o de asaltantes de camino. Los venezolanos estaban perdidos, quebrados, hambrientos y cada vez más resentidos. Buscaban ciegamente una razón por la cual su pobreza mordía tanto y su miseria los atormentaba. Algo tenía que estar muy mal con el mundo.

Entonces llegó: eran pobres porque otros eran ricos. Eran miserables porque otros viven a costa suya. Los primeros en abrazar estas ideas fueron los estudiantes, que entre comunistas y socialistas empezaron a recriminarle a Juan Vicente Gómez -el caudillo venezolano de turno- que era él quien permitía que los sangrasen de esa manera. Lo mismo le hicieron a Sarmiento en Argentina y a Porfirio Díaz en México, como Carlos Rangel nos vuelve a contar.

Se plantó entonces la semilla de un árbol ideológico tan firme que hasta ahora, un siglo después, se mantiene soberbiamente en pie: el marxismo latinoamericano. Era la reacción americana de las masas famélicas y empobrecidas, de los estudiantes agitados y de los intelectuales de orgullo herido a la cruda realidad; puesto que en nuestro continente seguíamos atascados en una versión criolla del feudalismo y no teníamos proletariado, apenas una incipiente burguesía. Pero las teorías de Ulianov y las consignas del antiimperialismo y contra la propiedad privada tuvieron mucho éxito.

Y parte de ese éxito se debe a las particularidades del marxismo latinoamericano, por ejemplo, como el movimiento de origen ateo mutó para producir en nuestro continente curas revolucionarios y teólogos de la liberación. Nuestra versión del marxismo se adaptó a los elementos, como el cristianismo, que están más profundamente arraigados en los latinoamericanos.

El antiimperialismo, originalmente concebido contra la poderosa Inglaterra, fue calcado para dirigirlo contra- y no sin razones de peso, cabe acotar- contra Estados Unidos, aquel país hermano que nunca sabemos si amar u odiar, quizá de los dos un poco. Incluso hay marxismo on demand para nuestra innata comodidad: desde el comunismo rajado para aquel con la sangre roja y el corazón a la izquierda hasta la socialdemocracia aprista para el que vive y deja vivir.

Se han infiltrado en tantos aspectos de nuestra vida política que hasta el peronismo argentino, un movimiento de origen fascista y de clara inspiración en Mussolini, levanta hoy las banderas del progresismo de la mano de los Kirchner y la Cámpora. En la misma Venezuela no existen hoy, 2017, partidos que se autodefinan políticamente de derecha: hasta la oposición al socialismo está inscrita en la internacional socialista.

Durante nuestro siglo XX la mayoría de los intelectuales, políticos, estadistas, periodistas y hasta científicos latinoamericanos se identificaban con la causa del pueblo en contra de la burguesía, el imperialismo y el capitalismo. No serlo era equivalente a ser un desalmado, un cooperante o un siervo del imperio y la oligarquía. Al fin y al cabo, este fue el continente que produjo y se enamoró de la revolución cubana, que llora a Salvador Allende y que convirtió a Ernesto Guevara en un símbolo cultural.

Llegando al siglo XXI, tomó la forma de gobiernos modernos que, con las mismas premisas, llegaron al poder a la cabeza de amplios movimientos populares al romper históricos electorales y de participación. Esa es la historia de Lula, en Brasil, de Chávez, en Venezuela y de Morales, en Bolivia, éste último clamando por reivindicaciones étnicas además de sociales.

El marxismo es la reacción de América Latina a los problemas que aún tenemos sin resolver. La pobreza, la opresión de las minorías (y mayorías en algunos casos) étnicas y sociales, nuestra falta de cultura de trabajo, la abismal brecha social entre ricos y pobres -que los progresistas sólo han aumentado- nuestro bajo nivel educativo y la debilidad institucional son fantasmas que nos persiguen desde que nacimos. En ellos encontró el socialismo su caldo de cultivo y a él volverán si los gobiernos liberales se tornan, como ya lo fueron, ciegos, sordos y mudos ante la realidad social.

Estamos ante una encrucijada, de eso no hay duda, en nuestro devenir político continental. Si estos gobiernos triunfan -como personalmente creo, nos conviene a todos- las sombras de la izquierda retrograda y el atraso se alejarán un poco más. Pero si deciden ignorar las condiciones objetivas a las que se enfrentan, entonces éstas los acecharan hasta que puedan consumar su retorno al poder.

Del éxito de Mauricio Macri depende la vuelta del Kirchnerismo, del de Temer, el de Dilma y Lula. Más que un final esto es, por el momento, un hiato del progresismo latinoamericano, bien encarnado todavía en Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Queda en nuestras manos desterrar los fantasmas del pasado o darles, una vez más, un lugar en nuestras vidas…

Alfredo Cabrera

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