Correísmo: ¿El fin de una década? – Maria Cortez

En 2007 cuando fue electo como presidente por primera vez, Latinoamérica se encontraba sumida en el apogeo de los movimientos de izquierda, liderados por los mandatarios Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina y Evo Morales en Bolivia, donde el recién gobierno de Rafael Correa no fue excepción ya que a través de su partido, Alianza País, llevó en Ecuador la denominada “Revolución Ciudadana”.

Una revolución que fue posible bajo el entendimiento de que el país necesitaba un cambio radical, sabiendo convertir en realidad ese reclamo social de una mayor presencia del Estado en los asuntos de la nación y  de un líder fuerte que impulsara esta renovación de la identidad nacional, postura que muy bien adoptó Correa, hasta tal punto que la velocidad con la cual encaró esos cambios pareció indicar que no quería sólo renovar su país sino refundarlo. Y refundarlo, bajo la consolidación de un proyecto social que busca construir el socialismo del “Buen Vivir”.

A lo largo de su gestión se evidenció un liderazgo indiscutible, cuyo poder está respaldado por la Constitución de 2008, que fue hecha con un fuerte acento presidencialista justamente para asegurar la estabilidad política. Pero es aquí donde se cuestiona esa gran libertad de poder que tuvo el presidente: ¿Hasta dónde llego tanto poder en su búsqueda de refundación del Estado?

Para sus críticos la omnipresencia se volvió omnipotencia, es decir, su accionar se caracterizó querer llevar su poder a todas partes: desde los pasillos de los tribunales, pasando por las redacciones de los medios hasta las aulas de las universidades. Siendo esto una clara contradicción de los valores promovidos por su revolución, ante el riesgo de la búsqueda de concentración de poderes, de la hegemonía de un partido único, Alianza País, y de la supresión de los contrapesos que permiten que el líder actúe sin límite alguno.

Otro punto cuestionable es el grado de polarización en el país, constatado en el primer balotaje del pasado 19 de febrero, donde los ecuatorianos ubicaron sus votos casi exclusivamente en dos posturas: correístas o  anticorreístas, aunque el apellido Correa no estuviera en las papeletas, generando así un segundo balotaje entre el candidato del gobierno Lenín Moreno y el opositor Guillermo Lasso, tras una reñida disputa el candidato izquierdista quedó a tan solo décimas del triunfo con 39,3% de los votos, contra 28,1% de su oponente más cercano.

Estos resultados evidencian el “gran desgaste” del este movimiento político que se mantiene en el poder hace diez años y que, a pesar de ser un movimiento muy fuerte, no logró derrotar a la oposición en estas primeras elecciones. Demostrando que el fin del correísmo está cerca, independientemente que en esta contienda electoral gane el candidato del Gobierno ya que aspectos que fueron claves durante de la gestión de Rafael Correa no perdurarán, generando importantes virajes en el tablero político y económico.

De igual modo, cualquiera que sea el mandatario electo, no tardará mucho en culpar a su antecesor o en presentar una explicación razonable para justificar los ajustes que tendrá que hacer, porque grandes cambios se darán en el futuro Gobierno, sobre todo en el boyante crecimiento económico ecuatoriano. Esto se debe a la desaceleración del crecimiento de las economías emergentes entre las que se haya China, principal socio y acreedor del gobierno correísta; sin que se descarte una nueva recesión en Brasil y hasta una depresión de la economía mundial.

Siendo una situación compleja para la estabilidad de correísmo, en mantener estructuras que durante estos años han sido bastiones en sus líneas discursivas, que sin duda será una tarea difícil, y en especial para los movimientos sociales dado a que las políticas sociales impulsadas son políticas clientelares, que no ayudaron a empoderar a las comunidades en la ejecución de los proyectos sino que terminaron siendo medidas coyunturales.  Por otra parte, también se coloca en juego el control de la Asamblea Nacional, máximo órgano legislativo, pero sobre todo, subyace el interrogante de cómo será el país sin la presencia tutelar de Correa.

Viene una nueva etapa y su calibre dependerá del voto de los ciudadanos y del trabajo de los políticos y de la sociedad organizada. El correísmo, tal como lo conocimos, está por dejar la escena. Ahora sólo queda por esperar la decisión del pueblo ecuatoriano este domingo 02 de abril, que podría significar el fin de la hegemonía de Alianza País o el inicio de un gobierno de ideales de conservadores sumándose a la renaciente movida derechista de América Latina.

María Alejandra Cortez Díaz

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