Reflexion sobre los gobiernos civiles en Venezuela – Alfredo Cabrera

Rómulo Betancourt tiene un mérito que pocas veces se menciona cuando hacemos el recuento presidencial. Casi siempre recordamos los logros -puede que hasta cuestionables- del primer presidente civil de Venezuela, Jose María Vargas y del primero que fue electo por votación directa, universal y secreta, Rómulo Gallegos.

Betancourt, sin embargo, ostenta dos de estos galardones que son, revisando nuestra historia política, incluso más trascendentales: Fue el primer presidente civil que llevó a término su período presidencial sus dos antecesores no tuvieron suerte de alcanzar el año continuo de ejercicio en el poder. El segundo logro rompe con otro estigma de nuestra historia, fue el primer presidente civil en transmitir su cargo pacíficamente a otro.

En un país con una democracia organizada, celebrar estos hitos parecería una perogrullada, pero una mirada retrospectiva de nuestra corta pero agitada historia nacional nos relata la poca fecundidad de nuestro suelo político para los gobiernos civiles. Casi doscientos años como república independiente nos han dotado de apenas ocho mandatarios civiles, de los cuales los dos primeros no tuvieron un final feliz.

No es sólo el resultado sino el tiempo, lo que parece hablar en contra de la civilidad en el mando. Entre nuestro primer gobierno no militar y el segundo transcurrieron ciento trece años. Aquel siglo irregular, como diría Morón, estuvo tan plagado de militares y mesías armados que se llegó a pensar que el dominio de la bota estaba genéticamente implantado en el venezolano. Curiosamente, quienes mantuvieron esta interpretación era un grupo de intelectuales que participaba activamente de un régimen militar.

Su visión, sin embargo, caló en el tiempo. Aquel grupo de sociólogos pesimistas, de los cuales Picón Salas fue crítico, fueron sobrevividos por sus ideas. Incluso en nuestros días, hay quienes piensan que la alternativa civil en Venezuela implica debilidad, ineptitud o, en el mejor de los casos, simple idealismo. Muchos concuerdan en que esa alternativa es el deber ser, pero, como todo en Venezuela para ellos, se acata, pero no se cumple.

No es casualidad que, cuando a finales del siglo XIX, surgió el pensado intento de integrar la nación mediante lo que Germán Carrera llama la Historiografía Patria, nuestros próceres civiles bien pudieron no haber existido. Para muestra un botón: este año la oficialidad conmemora el natalicio de un caudillo del partido liberal como lo fue Ezequiel Zamora, cuando se están cumpliendo los doscientos años de El triunfo de la libertad sobre el despotismo de Juan Germán Roscio.

Ahora, no podemos evitar preguntarnos ¿por qué? ¿Qué o quién es responsable de nuestra larga sucesión de mandones de charretera? ¿Bolívar? ¿Los genes? ¿El calor? Desde mediados del siglo XIX, una labor importante de nuestros pensadores fue abocarse a este tema, esbozando más de una respuesta con ánimos de conclusión. Pero, ¿qué y si la respuesta no está corriendo en nuestra sangre o no está inscrita en nuestro clima? ¿Qué pasaría si fue la suma de complejos momentos políticos, aunada a malas decisiones?

Particularmente me inclino por esto último, al fin y al cabo, este es el país de Juan Peña. ¿Quién? Un amigo surgido de la cabeza del brillante Pedro Emilio Coll que parece haber encarnado en muchos de los que ocuparon la silla presidencial en Venezuela. Más que un personaje, parece ser la representación de uno de nuestros males sociales (que no es exclusivamente nuestro), uno que le ha costado mucho a la idea de la república.

Para hacer el cuento corto, Juan Peña era un muchacho que cierto día, jugando, se partió un diente. Súbitamente dejo de hablar, concentrado en repasar con su lengua el agujero de su diente roto. Sus maestros de escuela y sus padres, asombrados por la transformación, asumieron que no hablaba porque se había vuelto un ser reflexivo, pensador. Lo promovieron en el colegio y pronto ganó fama como el sabio de la localidad.

Su carrera prosiguió mientras Juan solo sentía su diente roto. Sería prontamente idolatrado por todos y su fama lo llevaría a altos cargos gubernamentales y civiles: diputado, ministro y, finalmente, presidente, nada más porque los demás creían que él era un gran pensador basándose en que nunca hablaba. Pedro Emilio se apiada de sus lectores y les arrebata a Juan Peña antes de que tomara posesión de su cargo.

Por décadas, la figura de nuestro simpático pensador ha sido utilizada como crítica al poder. Suelen emplearla como una comparación maliciosa frente al mandón de turno, quizá sin atisbar la verdad que encierra su analogía. A mi parecer, Juan Peña representa un personaje que muchas veces cruzó nuestra historia: aquel que es exaltada y honrado por una sociedad por una cualidad que es, cuando no falsa, inadecuada para las responsabilidades que se le confían.

Para ilustrar mejor esta idea, empecemos a aplicarla a la historia. Si hay algo de verdad escondida en los escritos de los apologistas militares venezolanos es que estos siempre parecían ingeniárselas para llegar al poder. Durante el siglo XIX, en aquella Venezuela que, siguiendo a Caballero, era más un campamento que un país, siempre se imponía el más guapo entre los guapos.

En su contexto, Picón refiere por guapo al violento, mandón, controlador, autoritario y astuto caudillo. Quien gobernaba el campamento era, sin duda, el que más de estas cualidades y en mayor intensidad reuniera en su persona o, para el caso, en el mito de su persona. Viendo el resultado de los guapos en el poder, difícilmente podemos concluir que estas cualidades eran las mejores para el mando; sin embargo, era por ellas que les admiraban. Aún hoy no falta la voz que pide un pacificador que personifique esos rasgos para reencausar a Venezuela.

Si aceptamos esta visión, los caudillos militares del siglo XIX y XX fueron ejemplares representativos de Juan Peña, que con sus espadas brillantes y su verbo suelto lograron conquistar los corazones y el poder con resultados catastróficos en más de un caso. Y como a nadie le gusta que lo bajen de su nube, también serían ellos los que impedirían el paso de los civiles hacia el poder, fomentando esa imagen de debilidad que seguirá a nuestros presidentes ciudadanos.

Mentiríamos, sin embargo, si decimos que fueron los únicos responsables. Al fuego de sus mentiras le vino bien la leña que dos desastrosos gobiernos civiles, los de 1835 y 1948, lanzaron a la hoguera del militarismo. Sin pretender una herejía ¿no fueron José María Vargas y Rómulo Gallegos inadecuados? Ambos intelectuales, académicos y probos miembros de la sociedad fueron el resultado de las malas decisiones que confinaron al civilismo al sótano de la política.

¿Por qué ellos, de tan alto perfil intelectual y ciudadano, fracasaron en el mando? Por nuestro infantilismo político. Aquella mentalidad aldeana, que nos decía que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, fue la que colocó a ambos profesores en el centro del poder. Las razones eran claras para quienes así lo decidieron, eran personas sabias, versadas, letradas y respetables. En el caso de Vargas, quizá era el civil e intelectual con más méritos en la Venezuela de los años treinta, en siglo XIX.

Considerar que un académico es automáticamente capaz de dirigir es tan insensato como aplicar lo mismo con un militar. Aquello de que son los que más saben los que, necesariamente, deben gobernar, nos costó siglo y cuarto de militares ininterrumpidos en la presidencia de la república, con un corolario de diez años de dictadura militar en la mitad del siglo pasado. Juan Peña reaparece entonces: admiramos a una persona y le otorgamos una responsabilidad para la cual no está preparado, juzgando por un grupo de cualidades que no son las aptas para el mando.

Hagamos otro repaso por la historia, para ilustrar estas ideas. Corre el año 1835, José María Vargas asume la presidencia en febrero apoyada por los nuevos burgueses, artesanos y campesinos que se enriquecieron de las políticas liberales impulsadas desde la Sociedad Económica de Amigos del País. La situación política es crítica: los militares y la Iglesia, junto con un grupo importante de antiguos terratenientes y campesinos están en pie de guerra contra la modernización y la fundación de una república liberal.

Desde el momento de la asunción de Vargas los militares, guiados por la idea de que es su deber guiar a Venezuela como herederos, o en casos como el de Mariño activos líderes, de la independencia y del ideario heroico reclamaron veladamente el poder. Es el primer pulso entre civiles y militares en la nueva república, desde 1830, y primero desde los enfrentamientos entre el Congreso supremo y la Sociedad Patriótica en 1811. El futuro de cualquier gobierno civil en Venezuela depende del resultado del gobierno del doctor Vargas, quien no desconoce su amplísimo repertorio de enemigos.

No podemos decir que su gobierno empezara con buen pie. El legislativo conduce una ley para proteger a los deudores, que para la época era un grupo importante de la población, contra las feroces políticas liberales. El presidente se opone y objeta (veta) el proyecto, pero las cámaras lo pasan igualmente y exigen su aplicación. Es el primer desafío al presidente que viene, irónicamente, del cuerpo civil. Ante esto, Vargas decide llamar inconstitucional al senado, el cual no lo obedece.

Su respuesta, en lugar de hacerse obedecer como cualquier presidente debe hacer frente a un legislativo que viola la ley y desacata la constitución, fue presentar su renuncia. Pero ni siquiera en esto tuvo fuerza, el Congreso le niega la dimisión.

Superado este tétrico asalto, Vargas intenta seguir la línea de su gobierno en consonancia al anterior, manteniendo fuera de la constitución los fueros, o inmunidad legal frente a la justicia civil y secular, de los militares y la Iglesia. Ambos cuerpos cuales se alzan en 1835 con el grito de religión y fueros, derrocan a Vargas, que tampoco es capaz de condonar la intentona y este debe ser reinstaurado por un caudillo militar, Páez. No fueron las instituciones sino la voluntad personal del militar lo que mantuvo al gobierno, el cual mostró su última debilidad al renunciar definitivamente en 1836.

Así concluye el primer acto de nuestra corta obra civil, con un presidente superado por sus circunstancias, cuyo fracaso retrasaría ciento trece años el surgimiento de otro gobierno civil: el del novelista y profesor Rómulo Gallegos. El prestigio académico de Vargas, su capacidad intelectual y su probidad fallaron en el poder. No por esto Vargas deja de ser uno de nuestros muy respetados próceres civiles. Fundador de la Universidad Central de Venezuela como la conocemos, investigador y médico ejemplar, era un hombre digno de admiración, pero, como se demostró, no apto para el poder.

Lo mismo pudimos concluir de don Rómulo Gallegos. Era el Vargas de su tiempo, maestro, político, ministro y admirado por la naciente sociedad civil de la primera mitad del siglo XX. Heredó, también, una situación difícil de la cual dependía de nuevo el futuro del civil en el poder. Era el primer presidente electo después de la Revolución de octubre, el primero en ser electo de manera universal, directa y secreta. Su espalda sostenía el peso de la continuidad del régimen.

Tampoco terminó su período, el 24 de noviembre de 1948, a escasos diez meses de ejercicio, fue derrocado por una junta militar. ¿Por qué? Eso está en discusión aún en nuestros días, aceptando que fue la conjunción de muchos factores que se suman, de nuevo, a la impericia del presidente. Arráiz Lucca expone que una de esas impericias fue la de haber confiado ciegamente en su ministro de la defensa, quien luego lo derrocaría, para el control de las fuerzas armadas.

El presidente Gallegos fue ciego y sordo frente al claro resquebrajamiento de la base militar de su gobierno, indispensable para un régimen civil que apenas gatea bajo la tutela de armas aparentemente progresistas. El mismo autor señala que también fue el sectarismo adeco, el gobierno de y para el partido, que continuó e impulsó Gallegos, lo que le dio el combustible a sus desconfiados aliados militares para desenfundar los sables.

El maestro fue incapaz de mantener el régimen frente a la amenaza armada, de la cual se cree, pudo protegerse. El poder excesivo que le entrego a Chalboud y su confianza excesiva en la legitimidad electoral en un país que apenas había celebrado dos elecciones lo llevaron a la defenestración. De nuevo el ilustre inadecuado para el mando.

Ambos casos nacen y mueren en situaciones considerablemente similares. Ambos encarnan al fenómeno de Juan Peña. Ambos son intelectuales, académicos, profesores, respetados e íntegros, pero se demostraron incapaces para el cargo que se les confió. Fueron sus actuaciones las que avivaron la llama de la debilidad civil que aun arde en el sótano mental del venezolano.

Pero hubo una excepción: Rómulo Betancourt. Como empezamos diciendo, sus méritos como presidente lo llevaron a ser el primer civil en terminar un mandato y en entregarlo a otro. No excusamos al guatireño de su responsabilidad: fue directo impulsor de un golpe de estado en connivencia con los militares y, durante su primer turno en la silla producto de ese golpe, fundó las bases de ese sectarismo que acabaría por echar tierra a su sucesor.

Pese a esto, su trayectoria al mando de este país solo se puede calificar de excepcional. Como líder de un partido nuevo y probablemente no mayoritario encabezó por dos años una junta militar, logrando dominar a los mismos soldados que derrocarían a Gallegos. Entre 1945 y 1947 gobernó el país y ejecutó medidas que se consideraron revolucionarias (para bien o para mal) bailando en la cuerda floja entre reaccionarios y conspiradores. En otras palabras, pudo manejar el mismo país que Gallegos no.

Pero no es en este período que su figura cobra mayor trascendencia. Es el primer presidente civil electo después de la dictadura militar de 1948-1958. Asume el poder en un clima sumamente inestable, con perezjimenistas trasnochados, comunistas ansiosos y militares resentidos. Su gobierno, civil, soportó dos intentos de invasión, dos insurrecciones masivas y un intento, por poco exitoso, de asesinato contra su persona.

Para quien quiera ahondar en esto, Edgardo Mondolfi Gudat resume en dos obras: Temporada de Golpes (2015) y El día del atentado (2013), el peligroso periodo de 1958-1963, centrándose en la amenaza que Betancourt sorteó para mantenerse en el poder. De nuevo, un presidente civil llegaba después de la sombra de la bota y de su gobierno dependía el futuro de la naciente república civil. Contra todo pronóstico, el éxito de Betancourt abrió las puertas a cuarenta años de democracia representativa, con alternabilidad de los cargos públicos y separación de poderes, algo impensable apenas veintitrés años atrás, en 1935.

Betancourt se convirtió entonces en uno de los padres de la democracia venezolana, en el primer civil en gobernar con éxito Venezuela. No era el más guapo, tampoco el mayor de los sabios (aunque se le puede considerar un intelectual importante en nuestra historia), era el adecuado para gobernar. Con él se desmintió la idea de que el gobierno civil era sinónimo de debilidad, de ineptitud y logró construir el régimen ciudadano más longevo en la historia de nuestro país…

Alfredo Cabrera

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