Tecnopolítica y Gobernanza – Daniel Asuaje

Hacer política depende de los medios disponibles, en el contexto de este trabajo eso significa no el tamaño de la oferta de recursos sino el tipo de medios tecnológicamente existentes. Esta dependencia se da tanto en sentido social como también en sentido individual, porque las tecnologías disponibles marcan no solo el modelo político, sino también las  maneras posibles de desafiar, apoyar o ser poder  y en este sentido inciden sobre la gobernabilidad. La imprenta democratizó el saber y la prensa la información. La política devino en una acción multitudinaria, pero todavía no masiva. Sólo cuando el telégrafo, el teléfono y el automóvil, facilitaron contactos más directos entre líderes y seguidores se hizo posible la política de masas.  Los partidos se hicieron nacionales en su presencia y membrecía y ellos y los mass media fueron los canales primordiales de comunicación entre el liderazgo y la ciudadanía. Las  encuestas fueron el medio por excelencia para conocer sus  pareceres y las urnas las de expresar sus decisiones, y así se consagró la democracia representativa de masas.

La revolución informática cambió todo el panorama. Comenzó por la velocidad de procesamiento y acceso a la información. Hizo más inmediato decidir y reaccionar a lo decidido, pero sobre todo fue el surgimiento de internet lo que hizo bidireccional la comunicación entre seguidores y líderes y más planas las jerarquías. Estos dos efectos merecen un mayor nivel de detalle.

Hasta hace poco para saber qué querían los ciudadanos se dependía de los sondeos de opinión, los focus groups  y, por supuesto, del olfato político. Hoy en internet  el botón “me gusta”  (o “me disgusta”), es el mejor recurso para apreciar de modo instantáneo las simpatías o antipatías frente a un producto, opinión, propuesta, acontecimiento, institución,  personalidad o gobierno. Tecnológicamente ya no es del todo necesario realizar un referéndum para consultar una opinión o votar una propuesta. Auscultar la audiencia nacional y votar por opciones vía internet son prácticas ya en uso por partidos en Europa y Argentina. En nuestro país es una oportunidad real dados los niveles de penetración de internet, la telefonía celular y las redes sociales.

Internet no se limita  a mensajería, ha hecho a las noticias más instantáneas. Cada persona con un celular puede ser un reportero virtual, y estos medios han abierto cauces a la participación por vías muy rápidas para insertarse en la política misma. Cuando un ciudadano muestra la fotografía de una protesta, una cola en un supermercado o de una acción policial en pleno desarrollo, no solo reporta, transmite también un punto de vista (el enfoque de referencia) y la carga emocional que los acompaña, dejando siempre un eco en “la nube”. Muchos reportes se “viralizan” como tendencias sociales, con  efectos políticos extensos que pueden tener efectos en la gobernabilidad.

Conceptualizamos en sentido lato la gobernabilidad como la capacidad de gobernar  a una sociedad o sistema político y depende de la legitimidad, la representatividad y la eficacia/eficiencia con la cual se atiendan las demandas sociales, la capacidad de concertación  con los actores estratégicos y de que se fijen y cumplan las reglas de juego dentro de determinadas pautas culturales compartidas. Dentro de este contexto de condiciones nos parece útil introducir un nuevo concepto y es el de representalidad que consiste en la capacidad de un actor estratégico de sintonizarse con la totalidad o una parcialidad significativa de los ciudadanos y convertirse en su vocero, hablar su mismo lenguaje, y verbalizar su agenda setting y enfoque de temas.

Las nuevas tecnologías realmente hacen posible la democracia participativa, incluso la asambleísta y hasta la plebiscitaria.  Pero también abre un espectro de posibilidades al activismo pues abarca desde el plano espectador remoto en la tranquilidad de un sofá o la movilidad de un carro, permite emitir o difundir opiniones, hacerse eco y propagar una convocatoria o movilizarse en la calle sin dejar de estar en las redes, convirtiendo casi en un solo acto el conocer-opinar-compartir-actuar. Se crean, se separan y se funden varias capas o planos de participación en la organización, convocatoria, difusión y gestión del hecho político. Las redes sociales apoyadas en la tecnología hacen que “ahora la política sea de todos” y no solo del dominio exclusivo de los partidos, u otros actores estratégicos organizacionales, los mass media  o de las o.n.g..  Hoy día H. Ramos Allup miembro conspicuo de un partido, César Miguel Rondón un  destacado influencer con su programa de radio y SUMATE, importante ONG de importancia política,  comparten espacios e importancia con la Divina Diva, Otto Navas e Inesita La Terrible, tres destacado ciberactivistas y opinadores en las redes sociales, sin perder de vista que hasta los pranes (capos delictivos en situación de presidio) ejercen su poder desde sus celdas.

Pero su impacto más relevante de las nuevas tecnologías se pone de manifiesto en una pauta de comportamiento que para ser mejor comprendida podemos apelar a conductas observadas en las actitudes frente a la publicidad y, en general, frente a informaciones o contenidos que no interesan a un consumidor determinado. Desde que como especie tenemos habla lo usual es que prefiramos conversar de  los temas que nos interesan y cara a cara con personas con quienes nos guste hacerlo. Esta pauta selectiva ancestral hoy se realiza mediante chats, mensajería instantánea y redes sociales, por mencionar algunos medios tecnológicos bidireccioanales. Un lector promedio de periódicos filtra anuncios e información que no le interesa. Este patrón selectivo se acentuó con el uso del selector de canales en la tv y dio origen al zapping el cual también puede realizarse en la radio pulsando botones para recorrer el dial.

El filtrado de información no es nuevo porque es un mecanismo utilizado por todas las especies por razones biológicas y sicoógicas de sobrevivencia, el aporte a estos fines de la tecnología es incrementar sus posibilidades. Un habitante de cualquier ciudad elegido al azar recibe diariamente en promedio más de 60 gigas de información. Yo tengo en mi disco duro 47 gigas producto de los últimos siete años de trabajo. Nuestro cerebro filtra inconsciente y selectivamente la información que no le interesa, el resto del filtrado lo hacemos voluntariamente. Para que un contenido llegue a un destinatario no basta con que lo contacte  frecuentemente. Durante los primeros segundos de la pauta comercial  más del 60 por ciento de los televidentes cambian de canal. La mayor parte de las vallas en vías de circulación automotor no son vistas. El consumidor promedio, lo mismo que el ciudadano promedio detesta los contenidos intrusivos, lo que ha dado origen al mercadeo de contenido o inbound que es la producción de información sintonizada con los intereses de su destinatario y que no sea intrusiva con su rutina de vida.  Algo semejante ocurre con las personas vistas no ya como consumidores, sino como ciudadanos, con algunos añadidos de importancia capital.

El ciudadano corriente, al igual que el consumidor,  se relaciona con el poder a partir de sus intereses, necesidades y mapas mentales. La posibilidad de opinar, propagar y/o actuar en redes sociales crea comunidades de intereses constituidas sobre la base de intercambios continuos de contactos, en donde todos son iguales en cuanto a opinadores y actores. Esto cambia las bases del liderazgo. Cuando un líder de cualquier tipo entra en las redes sociales, se desacraliza, se hace más próximo e inmediato en una relación más horizontal que hace “virtualmente” iguales a todos entre sí. Los liderazgos tienden a ser más descentralizados. Estos son de los efectos impactantes del aplanamiento de las jerarquías. La ciberpolítica emerge sugiriendo que los nuevos líderes lo serán más por saber escuchar que por mandar. “Bloguear”, gestionar cuentas directamente, no por delegación, y  crear “contenidos inbound” son parte de las claves. Los representantes se hacen más horizontales y no es su lejanía institucional o la majestad de su cargo lo único que juega para ser respetados sino cada vez más su capacidad para representalizar, es decir sintonizarse y empatizar con los ciudadanos y responderles de acuerdo con sus expectativas (para hacerlo  debe generar contenidos inbound y ser él mismo  un mensaje inboubnd)

Nuestro estamento político está rezagado en relación con los abismales cambios actuales en la manera de participar en política, vale decir, en los modos de relacionarse con los centros de poder, y en las formas de hacer la política, también es decir en los modos emergentes de constitución de centros de poder. Hoy hacer política es más que tener un partido, hacer publicidad, noticiarse, tener bases de datos y encuestas. Quien no aprenda a escuchar y hablar en las redes sociales no sabrá hacer política participativa: el signo de estos tiempos tecnopolíticos, porque ya no son las masas, son ciudadanos comunes convertidos en ciberactivistas los nuevos protagonistas y aquellos que, además de escucharlos, se consustancien y hablen con ellos, serán los líderes exitosos.  Y es este hecho el que influye en la gobernabilidad pues los gobiernos que no se sintonizan, que pierden o no tienen representatilidad,  pierden legitimidad de origen, si la tuvieron.

Sabemos que el nivel de desarrollo de las tecnologías de  comunicación condiciona las formas y niveles de la participación política. En efecto, todas las formas unidireccionales de comunicación favorecen las formas autoritarias de gobierno. En las democracias los sondeos de opinión y la representatividad ganada por elecciones limitaban este talante de los medios unidereccionales de relación. Sean unidireccionales o bidereccionales ponen en evidencia la validez McLuhiana de ser el medio el mensaje. Los contextos de comunicación bidireccional facilitan el diálogo, la negociación, la empatía y la concertación. Cuando la comunicación sólo podía ser principalmente cara a cara los griegos ensayaron las formas asambleístas de la democracia. Solo cuando el analfabetismo disminuyó socialmente y los medios de comunicación de masas fueron una realidad, la participación de las mayorías en la política fue posible. Alcanzar determinado nivel tecnológico no asegura automáticamente la realización de las potencialidades políticas, pero su ausencia sí niega, en la práctica, su posibilidad. Hoy día la posibilidad tecnológica de interactuar “cara a cara” vía internet hace renacer las posibilidades de las modalidades griegas de participación democrática.

Las redes sociales, la web 2.0 camino a la  3.0, las tablets y smartphones, así como un sinfín de aplicaciones existentes hacen posible la democracia participativa. En nuestro país existe un cuerpo legal, el del poder comunal, frente al cual nuestra oposición ha sido ciega por razones ideológicas, desaprovechando un sinfín de posibilidades mediante las cuales habrían podido poner en aprietos al régimen actual gracias a la participación real y masiva del soberano.  Debió verse más sus posibilidades que su promotor.

La cúpula  chavista después del vacío de poder y del golpe de estado en el 2002 al verse en el dilema de profundizar la democracia participativa o enfocarse en la concentración y mantenimiento a todo trance del poder optó, por esto último. Por ello dejó de lado la profundización del marco legal comunal, la creación de nuevos consejos comunales y asegurar la incorporación de estos a los mecanismos de consulta y decisión. Esta conducta, voluntariamente o involuntariamente, coincide con el descuido de la actualización de nuestra infraestructura tecnológica de comunicaciones, en particular la de internet.

La infraestructura tecnológica nacional además de obsoleta, es de insuficiente cobertura poblacional y tiene tan pobre mantenimiento que puede caer en situación de colapso y apagón tecnológico en los próximos meses. Las capacidades actuales son lamentables, Venezuela tiene la navegación más lenta en la red de nuestro continente con 1,9 de velocidad, Chile navega con 7.3. Estamos en la cola tecnológica. En países como Perú más del 75 por ciento de los internautas navegan a cuatro megas. En Venezuela menos del 10 por ciento puede hacerlo.

Este rezago  impide que disfrutemos de televisión por streaming, profundiza  el analfabetismo tecnológico, nos margina de la vida moderna porque la imposibilidad de renovar equipos y actualizar licencias de software nos ponen en peligro de quedar fuera de la nueva web. También coloca a los ciudadanos en situación de minusvalía tecnológica para el ejercicio de sus  derechos a informarse sobre lo que deseen, opinar sobre lo que estimen de su interés y  hablarles directamente a sus gobernantes cuando quieran demandar rendición de cuentas o hacerles saber sus prioridades. El gobierno puso a la democracia participativa en el listado de las promesas incumplidas. Pero si bien hay limitaciones tecnológicas para el pleno ejercicio de la democracia participativa en nuestro país, se está lejos de impedirlo totalmente.    Por lo demás la intensificación de estilos autoritarios de gobierno  crea condiciones de viabilidad mientras menor sea el desarrollo de los canales de comunicación bidereccionales. Las restricciones a estos en Cuba , China y Corea del Norte no son simple coincidencia.

Estas posibilidades tecnológicas y la nueva cultura del conocimiento deberían mover a las organizaciones políticas  a migrar desde la divulgación de contenido proselitista convencional o auto promocional hasta la difusión de contenidos sintonizados más bien con las expectativas e intereses de los ciudadanos. Es la manera moderna de conseguir seguidores, comunicándose con ellos a partir de sus intereses y necesidades y no desde la perspectiva de los partidos o líderes. Es consustanciándose con el ciudadano que se gana su atención, su confianza y hasta su adhesión a las propuestas.  Deberían también mover a los gobiernos democráticos a difundir contenidos sintonizados con los ciudadanos  para ganar representalidad.

La  miopía tecnológica de la oposición, unida a su ceguera ideológica sobre las posibilidades del marco legal del poder popular, les hace desaprovechar oportunidades más eficientes y baratas  que las convencionales para la participación protagónica de las mayorías y lograr la representalización de quienes quiere liderar y representar. La democracia participativa y protagónica vino para quedarse pero hace falta que la imaginación tecnopolítica y la apertura ideológica aproveche las posibilidades de la plataforma informática y que el aseguramiento de la representalización les brinde más oportunidades de aceptación que de rechazo o repulsión.

Daniel Asuaje

@Signosysenales

 

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